Reflexiones al amanecer: El concepto filosófico de la elegancia

La elegancia según Coco Chanel

Ateniéndonos a la propia definición de elegante como buen gusto y distinción en el vestir, coincido con Juan Cruz, profesor honorario de Filosofía en la Universidad de Navarra, cuando dice que la elegancia es una virtud opuesta a la rusticidad y al aspecto agreste de la naturaleza humana. Se puede tener gracia pero no se puede tener elegancia sin educación y sin esa formación que no se aprende en las escuelas y que posibilita la convivencia, lo que trasladado al día a día, podría significar una forma de comportarse y una manera de «gobernar nuestra conducta y acciones».


La elegancia además debe ser natural por lo que se contrapone con la pretenciosidad y la coquetería, el orgullo y la vanidad. Mientras éstas suelen traspasar las reglas del saber estar, la elegancia se mueve entre ellas y aparece sin pretensión de ser advertida.


Me declaro neófito de las redes sociales. Llevo pocos meses intentando descubrir qué se esconde bajo estas herramientas de nuestra sociedad que han desbancado incluso a gustos tenidos hasta ahora como supremos por su aceptación mayoritaria.

Esta mañana he madrugado y antes de salir a trabajar he dedicado unos minutos a subir una nueva foto de perfil, por eso de mantener vivo el interés de mi nutrida audiencia y en cuestión de minutos he recibido varios comentarios entre los que destacaba la palabra “elegante”. No es, por cierto, una palabra que me resulte extraña; por el contrario suelo oírla con frecuencia como una de mis señas de identidad, lo cual me congratula y, al mismo tiempo, me hace reflexionar.

Normalmente trato de conjuntar colores en vez de desparramar el arco iris sobre mi cuerpo. Me he criado en la idea básica de no juntar elementos, colores o prendas que, diríamos, que casan mal. Ser elegante en los tiempos en los que peor se viste en aras de la comodidad, resulta cuando menos chocante. Yo mismo, si echo la vista atrás, debo reconocer que me encuentro en la etapa en la que peor visto, entendido como una primacía de la comodidad frente a los cánones tradicionales. Pero ocurre, en embargo, que aún conservo el sentido del buen gusto y ahí es donde falla -a mi juicio- buena parte de la sociedad actual. Ir cómodo no es ir rastrero. Llevar la contraria a las más elementales normas y al buen gusto no es modernidad sino imbecilidad. Ni siquiera se puede llamar rebeldía, sino desconocimiento e incultura.

La rebeldía es otra cosa. Rebeldes fueron los que lucharon por un mundo mejor desde la utopía, no los que conjugan rayas y cuadros sin ruborizarse por una estética catastrófica.

Y lo peor es que nuestra sociedad, tan permisiva en todo aplaude los excesos y los eleva al pedestal que nos presenta como modelo para copia y disfrute de la generalidad.

Vivimos tiempos de uniformidad, de falta de criterios propios, de clonación de todo lo que nos llega a través de las redes sociales por muy estúpido que sea. Que uno mete la cara debajo de una silla, pues allá van miles y miles de dóciles ovejitas sin criterio ni sentido a imitarle creyendo que así son los más progres y los que están en la onda de todo. Personas que saltándose las normas del buen gusto y hasta de la educación tratan de soprender las ha habido siempre pero ahora son multitud, una epidemia… Basta con dar la nota con un excéntrico vestuario, un grosero vocabulario o el más disparatado de los dislates para ser reconocido por muchos como brillante, valiente, reivindicativo y por supuesto como supermoderno. Tócate los pies…

Es verdad que la elegancia no se aprende en ninguna escuela ni tiene que ver con el tipo ni marca de ropa que integres en tu vestuario. Siempre he pensado que la elegancia es algo innato en la persona y cuando se da, se presenta tanto cuando estás en bañador o con traje y corbata de firma, lo mismo que cuando asistes a una reunión o te relacionas con los amigos. Pero, aún siendo esto así, no estaría de más que nos esforzáramos en aproximarnos, sin entender con ello que debamos ponernos todos americanas de botones cruzados, porque eso reduciría a la simplicidad la propia definición de la elegancia

Y esto viene a colación porque cuando falta la elegancia en el vestir, además de empeorar la estética de nuestras ciudades, suele comprometer también nuestro día a día como personas que se relacionan. Ser elegante, trasladado a la cotidianidad, es por ejemplo, no increpar a un conductor con violencia, hablar con moderación en el tono, comportarse con caballerosidad, hacer de la amabilidad una norma de vida y en fin, respetar las normas de convivencia que por cierto hoy, brillan por su ausencia, esas mismas normas que nos inculcaban machaconamente nuestros padres y abuelos y que entonces sí eran tenidas como el Sanctasantórum de las relaciones sociales entre humanos.

Quizá así, desde la elegancia, podríamos conseguir un mundo mejor porque cuando el entendimiento es posible las soluciones están más cerca.

No pretendo dar lecciones a nadie ni probablemente sea el más adecuado para hacerlo. Es usted muy libre de reflexionar tras estas ideas o de pensar que se trata tan sólo de un desordenado escrito surgido en noche de insomnio a la luz del alba pero permítame a mí seguir creyendo en la elegancia como fuente de inspiración de un nuevo orden.

6 comentarios sobre “Reflexiones al amanecer: El concepto filosófico de la elegancia

  1. No se puede expresar tan bien el término «Elegancia «, me ha encantado, ser elegante es una virtud que no todo el mundo tiene….Excepcional👌👏👏

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