MI EXPERIENCIA EN ASOCIACIONES FRENTE AL ASOCIACIONISMO ACTUAL

Mucho han debido cambiar las cosas desde que en los años 80 empecé a crear una asociación cultural. Hoy no reconozco ni los planteamientos ni vislumbro claramente los objetivos.

Me he pasado 40 años dejándome la piel para engrandecer “mis hijos”, esas asociaciones de diversa índole que he ido creando o revitalizando, todas sin ánimo de lucro, por las que he trabajado y luchado con denodado entusiasmo. A las pruebas me remito…

Finalizada mi etapa en ellas, decidí mantenerme al margen de estos colectivos porque conozco bien que, al final, pones trabajo, dinero y te creas enemistades y uno no está ya para asumir más problemas que los que diariamente nos da la vida misma.

Sin embargo, recientemente acepté un encargo por amistad y, después de un tiempo alejado de estos quehaceres, observo con indisimulada preocupación lo que han cambiado los tiempos y más que los tiempos, las personas.

Cuando en 1981 decidí crear una asociación cultural en Malanquilla (Zaragoza), pionera del movimiento asociativo en Aragón, junto a otras dos que ya estaban funcionando, teníamos claras las metas y los objetivos a cubrir. Trabajamos incansablemente por sacar adelante nuestros proyectos de manera del todo altruísta, sin atisbo alguno de enriquecimiento personal por pequeño que fuera. Ni se nos pasaba semejante cosa por la cabeza. Y conseguimos mucho y también nos hicimos merecedores de la envidia de no pocos. Aun con ello, la experiencia mereció la pena. Simultáneamente organicé y participé en otras entidades en Madrid hasta llegar a mi paso por la Congregación del Carmen, que junto con mis diferentes juntas directivas, logramos recuperar -y de qué manera- de un letargo que amenazaba su existencia. Todo lo hicimos por “amor al arte”, por responsabilidad y con total compromiso. Horas y horas de trabajo -ni reconocidas ni pagadas- sólo compensadas con la satisfacción del deber cumplido y el trabajo bien hecho.

Tras un largo paréntesis, como digo, me involucro muy a mi pesar, en dar forma a una nueva asociación sin ánimo de lucro, para ayudar a sus organizadores, bastante perdidos he de decir, a ponerla en marcha. Y mi sorpresa llega cuando en la primera reunión se pierde más de la mitad del tiempo en debatir qué cosas se deben cobrar y cuales no, por trabajos realizados para la nueva entidad.

Parece claro que si éstos son los planteamiento que imperan en el asociacionismo actual, difieren mucho de los que yo he conocido y desde luego no son los que comparto.

Cuando uno decide emplear su tiempo en ayudar a los demás desde una entidad del tipo que sea, debe saber que su tiempo y en muchas ocasiones, su dinero, lo regala a mayor gloria del colectivo. 

El descrédito de tantas organizaciones viene dado por su falta de trasparencia, cuando no por fraudes y espinosos asuntos económicos, nunca aclarados y que elevan la sospecha al movimiento asociativo en su conjunto. Cuando se crea una asociación sin ánimo de lucro se debate de objetivos y de la manera de alcanzarlos nunca de qué porción del pastel te vas a llevar.

Mal ejemplo estamos dando a quienes de verdad luchan por una sociedad mejor desde alguna asociación, que las hay, y cuya labor es encomiable. Antes de crear nada hay que preguntarse si mi contribución va a resultar útil a la sociedad y si estoy dispuesto a emplearla en el servicio público. Si te asaltan las dudas, no hagas nada. A lo mejor es que tu asociación no hace falta ni cubre ningún espacio vacio.

Personalmente desconfío de tantas ONGs que aparecen como setas en el campo tratando de tocar nuestra fibra sensible, especialmente en Navidad. Me gustaría saber que hay detrás de estas organizaciones o mejor no para no llevarme nuevas decepciones.

Hoy nada es lo que parece y eso nos hace ser escépticos y desconfiados.

Reivindico la dedicación a una noble causa sin más ánimo que el de contribuir a aportar a la sociedad lo mejor de ti.

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