
Esta evidencia es, sin embargo, una de las menos seguidas, con las consecuencias que ello acarrea.
Ocurre que no pocas veces cambiamos cosas que funcionan con el pretexto de mejorarlas cuando en realidad sólo se pretende acabar con ellas. Cuando me hice cargo en 1986 de la histórica Congregación del Carmen de Carabanchel, fundada a mediados del sigl0 XVIII, era una institución moribunda. A lo largo de casi 30 años de esfuerzo, ilusión y trabajo, conseguimos que no sólo se mantuviera sino hacer de ella un referente entre las cofradías y hermandades madrileñas. Actividades de todo tipo se sucedían, artísticas, históricas, investigadoras, divulgativas… Creamos el escudo institucional y los nuevos trajes de penitentes para acompañar al Stmo. Cristo Yacente, cotitular de la Congregación, una Congregación, cuya presidencia de honor aceptó ostentar S.M. El Rey. Recorrimos miles de kilómetros por medio mundo visitando santuarios marianos y llevando el nombre de nuestra Institución y de Carabanchel con el mayor orgullo. Entregamos más de 60 medallas de honor a personalidades políticas y religiosas que nos recibían oficialmente. Por la Parroquia pasaron para presidir y asistir a nuestras celebraciones litúrgicas nuncios, cardenales, obispos, alcaldes… y hasta el Sumo Pontífice nos dirigió un telegrama de exortación y ánimo el día de la solemne coronación canónica… hasta que en 2013 el párroco, un recién llegado, consideró que no entrábamos en sus planes de renovación parroquial que en la práctica, según ha demostrado el tiempo, se reducían a un aniquilamiento sin escrúpulos de cuanto funcionaba para reducirlo a la nada. Ocho años después de aquel atropello inmoral e injustificado cometido con el beneplácito –para más inri- de las altas jerarquías de la curia madrileña, sólo queda el nombre de las instituciones históricas de Carabanchel, sin actividad, sin casi cofrades, sin ideas, sin gusto ni estética… una caricatura de lo que fueron. Mi desprecio absoluto a quienes así actúan olvidando que nuestro trabajo es voluntario. Mi desprecio no sólo a la mano ejecutora sino a los cómplices necesarios que por un mal entendido corporativismo nos negaron la palabra en nuestra legítima defensa y a cambio nos amenazaron con la excomunión. 30 años para hacer florecer un vergel en medio del desierto y 30 minutos para deshacerlo, justo lo que tardamos en abandonar la sala en aquélla bochornosa reunión, presidida por el párroco, tras presentar nuestra dimisión.
La paz, aún sabiéndome maltratado, como el mismo Jesús camino del Calvario, anida en mi interior, lo cual no me impide ver un atropello tras otro a la razón, al sentido común y al buen gusto. Que Dios con su infinita misericordia les perdone porque a mí me va a resultar muy difícil hacerlo.
Totalmente de acuerdo con todo lo expuesto. Es una vergüenza que ocurran estas cosas y sobre todo en un ámbito eclesiástico
Me gustaMe gusta